
La última función de Edward



Ahí estoy, plantado en medio de la sala, asfixiado por la multitud. Mientras ellos estallan en carcajadas y celebran, mi mente se disocia, maquinando una y otra vez la misma pregunta: ¿Qué hago aquí? El aire es pesado, una mezcla de sudor y el penetrante olor a marisco de su banquete. Me siento abrazado por sus risas, pero es un abrazo frío. Yo no me divierto; yo soy el arquitecto de su alegría mientras la incomodidad carcome mis entrañas. Soy el centro de su diversión, pero el espectador de mi propia tragedia.
El espectáculo termina. Me arrastro hasta el camerino, un agujero de ladrillos húmedos y olor a encierro. Frente al espejo, me despojo del disfraz, esa segunda piel que funciona como un cruel recordatorio: nací para crear risa, pero fui condenado a no sentirla jamás.
Salgo. Camino hacia casa, o hacia lo que sea que me espere. El paisaje marino se despliega ante mí y las olas rompen violentamente contra las rocas, como si me llamaran. Camino por la orilla, dejando que el agua salada empape mis zapatos, sintiendo el frío subir por mis tobillos. El aroma a sal y arena mojada es el único abrazo real que recibo.
Cierro los ojos y ahí está ella. Mi amada. La mujer que, en algún punto de esta triste historia, decidió que amarme era una carga demasiado pesada. Abro los ojos y busco la luna; me doy cuenta de que es mi única compañera fiel, siguiéndome a donde vaya. Quizás el recuerdo es más valioso que la realidad, porque al recuerdo puedo volver siempre y encontrarlo intacto, perfecto, a diferencia de mi vida.
Sigo caminando, pero ya no por la orilla, sino hacia adentro. Hacia la inmensidad. Entiendo que todos tenemos un final, que la vida avanza inexorable, empujada por decisiones que ya no podemos cambiar. Siento las olas golpeando mi pecho, un abrazo líquido y pesado. Miro hacia atrás, pero la costa se ha borrado en la oscuridad. Ya no veo el camino de regreso. Y por primera vez, no me importa.






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