





​El falsario cambia de nombre cada mañana.
Hace más real el original; sus pinceladas son maravillosas.
Para sobrevivir hace lo necesario: firma cheques sin dudar,
con dominio absoluto. No es bueno, es magnífico.
Tiene tiempo para todo.
​Es auténtico, de buenos modales; usa ropa una talla más grande
para seguir el dictado de vanguardia.
Usa camisas con lentejuela y baila, pero también comete errores.
No sabe administrar la felicidad y perdió con la curiosidad.
Con tubazos le tronaron los dedos.
​Ya no sostiene el pincel, solo el mapa de un dolor que no se borra.
Cambió la lentejuela por un gris cenizo.
Se volvió observador de silencios
en el mercado negro de las almas.
​Al final, decidió no ser nadie.
Bajo el puente, quemó documentos falsos.
El fuego fue el único original.
Se volvió aire, rumor, sospecha.
Ya no cambia de nombre; ahora su nombre es el silencio de los otros.






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