La tierra que sabe; la etnoagronomía, utopía concreta que reconoce en los saberes campesinos no el pasado, sino el futuro posible de la agricultura mexicana

* "Etnoagronomía: Utopía y alternativas al desarrollo" recoge las voces que la historia quiso enterrar bajo el ruido de la modernidad, y las hace germinar otra vez. No es un libro que se lea con prisa. Se abre como se abre un claro en el bosque para sembrar la milpa, con respeto y con manos limpias. Está hecho de muchas manos: las de quienes trabajan la tierra, las de quienes la estudian, las de quienes todavía la sueñan.
EDUCACIÓN21/10/2025 Redacción
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 La etnoagronomía, dice el libro, es una ciencia que nace en la milpa y vuelve a ella. No busca imponer, sino comprender. Efraím Hernández Xolocotzi, nos enseñó que el conocimiento campesino no es un vestigio del pasado, sino una forma viva de entender el mundo y puede ayudar a construir el futuro.

 Él enseñó que el saber no se transmite en aulas, sino en el barbecho, en la rotación, en la palabra que pasa de padre a hijo mientras se limpia la milpa.

El texto nos recuerda que el desarrollo no camina en línea recta. Que hay caminos que no llevan a donde uno creía, y otros —los más humildes— que abren horizontes nuevos.

 Por eso la utopía que aquí se invoca no es la del progreso sin alma, sino la de los pueblos que imaginan otro modo de vivir, más parejo, más justo, más humano.

 II. De lo que la tierra enseña

El libro junta quince capítulos, pero en verdad son dieciséis miradas a un mismo corazón: el de la tierra mexicana.

Ahí se habla del pensamiento de Hernández Xolocotzi, del Buen Vivir que nombran Acosta y Gudynas, de las Epistemologías del Sur de Boaventura de Sousa Santos, quien nos dice que “no hay justicia social sin justicia cognitiva”, y que “toda ciencia que no reconoce otros saberes, está condenada a su propia ceguera”.

Por eso, entre cada línea de este libro, hay una pregunta que vibra:

¿quién tiene derecho a decir qué es saber y qué no lo es?

 III. Donde la ciencia se vuelve humana

Los capítulos recorren la Sierra Gorda de Guanajuato, las milpas de Yucatán, Guerrero y Puebla, las pitayas de Chazumba en la región de Huajuapan, los cafetales de Veracruz y los instrumentos agrícolas de Michoacán, el saber vivir en bien común- tonacayotl de Guerrero y la Comunalidad del Ejido Emiliano Zapata de Amecameca, Estado de México.

 Ahí, entre el olor a tierra mojada y el murmullo en los tlecuiles en donde preparan tortillas, la ciencia se encuentra con la comunidad y aprende a escuchar.

 Cada caso muestra que la investigación también puede oler a humo, a semilla, a confianza.

Enrique Leff escribió que “el diálogo de saberes es la condición para reconciliar la diversidad cultural con la diversidad ecológica”.

Eso ocurre en estas páginas: el encuentro de la palabra del campo con la del aula. No hay jerarquía. Hay conversación.

 IV. Los caminos del etnodesarrollo

A lo largo  del libro se encuentra el pensamiento de Guillermo Bonfil Batalla, ese que tanto insistió en el control cultural: en la necesidad de que los pueblos decidan sobre sus recursos, sus formas de trabajo, su educación, su futuro, es decir en el etnodesarrollo.

Y ahí es donde la etnoagronomía se vuelve un acto político: no una nostalgia por lo antiguo, sino una manera de construir la autonomía.

Porque como dice Bonfil, un pueblo que no controla su cultura, no puede controlar su destino.

 V. Epílogo: volver a la tecnología agrícola tradicional

En este tiempo en que se habla tanto de innovación, el libro nos enseña que a veces innovar es recordar, recuperar y volver la vista atras.

 Recordar que el conocimiento no nació en las universidades, nació en la RTQ; en SAFT, la terraza, el meteplante, la chinampa. En el manejo de la biodiversidad, el suelo, en manejo cotidiano de los cultivos, en los rituales, fiestas y celebraciones.

 Recordar que la ciencia puede tener las manos llenas de tierra y seguir siendo ciencia.

Y entonces uno entiende lo que decía Boaventura de Sousa Santos:

“La utopía no es el no-lugar. Es el lugar que aún no hemos construido.” y podemos agregarle la utopía no es un sueño vacío, sino el camino de regreso al origen: a la tierra, al territorio, a la comunalidad.

Ahí donde, como decía Rulfo, “todavía canta el río y huele a siembra”

Este libro es eso: un mapa hacia ese lugar.

Una guía para los que aún creen que otra agricultura, y otro mundo, son posibles.

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