
El doble rostro de la lluvia
Alex Sanciprián

La lluvia no mata las flores, pero sí desborda ríos, destroza caminos, puentes, calles y avenidas.
Tiene el curso imperioso de una gran voz celeste:
la lluvia, verano por recordar, vértigo en movimiento.
Recarga mantos acuíferos, da vigor al crecimiento de árboles y cosechas, llena las presas de vida futura.
Pero también despierta nostalgias y quebrantos íntimos. Y enardece a las conciencias ingenuas que tiran basura a su paso, para luego lamentarse cuando la calle se inunda, cuando su patrimonio es vulnerado, cuando el tráfico se detiene. Colapsa drenajes olvidados, toda obra que no supo respetar su fuerza.



La lluvia, como el tiempo, no perdona.
En el campo es bendición; en la ciudad, tormento.
Es hermosa mirarla desde el abrigo sin mojarse.
Es cómodo culpar a todos los niveles de gobierno por los estragos que provoca.
Convocar sus poderes es oficio ancestral del granicero, quehacer mítico ligado a Tláloc, bordando los linderos del realismo mágico.
Mientras tanto, desde la trinchera de las redes sociales se lanzan injurias y lodo con fatua impunidad.
La lluvia no mata las flores, pero pone en circulación a los demonios de esas pantallas: ávidos de repartir culpas, de remover prejuicios, de alzarse como falsos semidioses.






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