
La sorpresa viaja en autobús
Alex Sanciprián

A las once de la mañana esperé el transporte. No tenía prisa. Tampoco miedo de llegar tarde ni ansiedad por llegar a algún sitio. Simplemente esperaba.
Pasó el autobús.
Subí.
Después vinieron las horas.
Cerca de las cuatro de la tarde, al volver, me encontré nuevamente esperando. La misma disposición tranquila. Sin prisa. Sin pelear contra el tiempo.
Entonces apareció el transporte.
Subí.
Y lo vi.
Era el mismo vehículo. El mismo conductor. El mismo hombre que unas horas antes me había llevado hacia adelante ahora venía, sin saberlo, a llevarme de regreso.
Durante un instante tuve la sensación de que el tiempo había hecho una pequeña pausa.
Sonreí.
Aquello dejó de ser solamente un viaje de regreso. La casualidad había puesto frente a mí una escena que parecía tener algo más: una repetición inesperada, sencilla, casi perfecta.
No había buscado aquel encuentro. No lo había previsto. Ni siquiera tenía una razón para esperarlo.
Había, simplemente, estado ahí.
Quizá algunos caminos se recorren mejor cuando uno deja de pelear contra el tiempo. Cuando se viaja sin ansiedad por llegar. Cuando uno acepta el trayecto y deja que el camino haga lo suyo.
Porque también ocurre que, de vez en cuando, la vida nos devuelve una misma cara.
Un conductor.
Un transporte.
Dos caminos.
Una sonrisa.
No sé si aquello fue solamente azar o si merece llamarse de otra manera. Tal vez la palabra «sincronicidad» resulte demasiado grande para un episodio tan pequeño. Pero hay coincidencias que, aun sin necesidad de explicarlas, adquieren un significado particular para quien las vive.
La sorpresa, a veces, viaja sentada junto a uno, en el asiento de un autobús.
Y mientras aquel viaje continuaba, sin prisa y sin destino extraordinario, empezó a llover.









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