La poética de Rolando Rosas Galicia, del caballo viejo y otras yerbas

CULTURA 11 de diciembre de 2022 Por Moisés Zurita
Este fin de semana iniciaron la presentación de libros en el marco de la Feria del Libro 2022, junto con el arranque de actividades de la Feria Nacional de la Cultura, del 8 al 18 de diciembre, en Chapingo. A propósito del libro “Un Jardín para Florencia”, de Rolando Rosas, el maestro Moisés Zurita compartió el siguiente texto.
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Decía Hesíodo en Los trabajos y los días que dos son las batallas del hombre, o sea de la humanidad, una destructiva y otra constructiva, una que nos da sufrimiento y otra que nos da satisfacción; se refería a la guerra y a la agricultura; pero no nos dijo cómo es que podemos hacer poesía, sólo nos la mostró; así son los poemas de Rolando Rosas Galicia.

El campo, el agua; las lobelias y amapolas inundan la poesía del maestro Rolando; pero no menos importantes son las acelgas, lo romeritos o el toloache; una de las grandes vetas de la poesía rolandiana tiene que ver con la agricultura ahí podemos ver el amor a la tierra y a nosotros mismos.

Por otra parte, en El Cantar de los Cantares, en el texto bíblico, encontramos otra de las vertientes desde donde abreva la poesía del maestro, la Biblia reza: A una yegua entre los carros del faraón te comparo a ti, amada mía; más adelante tenemos: No soy más que una flor de azafrán de la llanura costera, un lirio de los valles/Como un lirio entre los espinos, así es mi amada entre las jóvenes.
  
La poesía de Rolando Rosas Galicia tiene el aroma a cilantro en la chinampa, pero también a hediondez de un animal en brama como uno mismo; el amor de la carne, el placer de ser uno en el otro, no sólo en besos de tres sino de cuatro; y aunque parece que si le vas al américa están páginas podrían ser dolientes; la verdad es que sólo el que lleva el morral sabe su contenido.

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Vemos pasar por sus palabras en Catulo que a la letra dice:

Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta, no la sabremos nosotros
ni el envidioso, y así no podrá maldecirnos
al saber el total de nuestros besos.
      
En tanto que Rolando sale con la mano en alto: 
Abuela mándame más besos, para tu trompita alto
párala, con su carmín enciende mi corazón
Dime que me quieres, que no te importan en mi rostro
las picaduras de viruela, ni mi pierna flaca
ni el tecolote de mi origen
Dime que soy el más hermoso de los hombres
que a nadie has conocido como yo
que toda tu vida me has estado esperando
allí sentada, a la vista del padrote que ya olvidó
contarte las arrugas

Digamos que no tiene comienzo la poesía, empieza cuando la vez por vez primera, luego te sale al encuentro por todas partes.

Somos palabras, es cierto somos nuestro nombre, pero también somos las palabras que nos salen cuando ya no queda nada, cuando el animal que anida en nuestro cuerpo se desboca.

Dice Eduardo Lizalde que:

Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:

En Rolando podemos ser el caballo más viejo que la lepra o bestia al fin si sus cadenas:

Otra bestia soy, lo confieso
Toco su rostro
Memorizo el ruido de su piel cuando entre sábanas
descubre el tacto que la noche le confiere
Desear es condición de un caballo, usted sabe
Entonces sienta como bajo las cerdas hay un río creciendo
Pellejos del instante
El tiempo vivo

Donde quiera que volteemos hay rosas, cardos y campanillas; aromas al amor perdido, recuerdos de lo que seremos; esperamos ser en el otro, en la otra; como la media, como la naranja; tarde descubrimos que debemos aprender a hacer limonada; no es la soledad un castigo, es nuestra condición humana; así como no recordamos cuando nacimos, olvidaremos más temprano que tarde el último aliento, la última esperanza:
    
Dice Carlos Illescas en sus palabras de obsidiana: 

La soledad lleva tu nombre.
Tu sexo. La hierba. Mi persona.
Rumorea luces perdidas. Delira
y al soñar camina en llamas.
Alto destino arder sin cese.
Pero la soledad, tu soledad,
la mía, la de siempre. Toda.


La literatura rolandiana nos lleva por senderos que regresan al origen, una reverberación de Patroclo a las puertas de Troya, arañando la historia: podrán quitarme el triunfo, pero no la gloria; ¿dinos qué se siente morir bajo la espada de Héctor?, el primer héroe a la altura del arte.   

La verdad es que no morimos ahí, en la batalla del amor y el deseo, seguimos vivos lamiendo las heridas, así nos muestra Rolando:

Llámame “Nadie” o cosa o costra
y pincha con el carísimo delineador
que tu esposo el ingeniero
te habrá comprado en la fayuca
la purulenta cicatriz de mi ojo
que un tal Odiseo me desgració
cuando quiso seducir a mi rebaño.

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