
Rememoran niñas y niños de Coatlinchán los 60 años de la extracción del Tláloc



«Ese día cayó una tormenta», nos dice el pequeño Andrés, quien, junto a otros 59 niños y niñas, arman, cada uno, su Tláloc de cartón.
Para ellos no es ajena la historia y la leyenda de la gran piedra, sobre la que todavía ronda la controversia y la polémica. Los niños y las niñas participan en el taller de cartonería como una manera de transmitir y preservar en la memoria de su generación su propia identidad. Su historia.
Era el 16 de abril de 1964. La gran Piedra de los Tecomates, como la conocían muchos habitantes de San Miguel Coatlincán, fue cargada con muchos trabajos y maniobras de grandes maquinarias a una gran plataforma tirada por dos tracto-camiones.
La gente de la localidad se opuso, pero como se había tenido un acuerdo previo, la gran piedra esculpida viajó hasta la Ciudad de México. Y, en efecto como comenta Andrés, esa tarde, contra todo pronóstico, cayó una gran tormenta sobre la Ciudad, hecho que alimentó irremediablemente la leyenda.

Se cumplen 60 años de ese suceso. Pero la información y la leyenda no se han perdido con el paso del tiempo. Los pobladores de Coatlinchán, en el municipio de Texcoco, mantienen la memoria y la transmiten a las nuevas generaciones. Hace pocos años se instaló una réplica de las mismas dimensiones de escultura original en la plaza principal de la comunidad. Los ciudadanos se sienten orgullosos de su legado histórico.
Camila, de 9 años y Roxana, de 8 años, también platican algunos pormenores de la historia y de lo que significa el Tláloc para ellas, mientras trasiegan con cartón corrugado, pegamento, servilletas de papel, y pintando con los dedos para alcanzar cierta textura en las mini replicas.
Las autoridades auxiliares junto con promotores culturales del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario, que se encuentra a la entrada de la comunidad de Coatlinchán, promovieron dicho taller para conmemorar de alguna manera los 60 años de la extracción del gran monolito.

Los Tlálocs confeccionados por los chicos se exhibirán en una exposición el 28 de abril, precisamente en uno de los espacios del Centro Cultural. De esa manera los niños y niñas nos volverán a recordar la historia para que el tiempo no la cubra con la telaraña del olvido. No mucha gente sabe la historia de esa gran piedra que se asoma como guardián del Museo Nacional de Antropología. Una enorme cantidad de personas la mirará al pasar por el Paseo de La Reforma, pero ignora que en otras épocas, los pobladores de la comunidad enclavada en el cerro lo escondieron para evitar que los españoles la robaran. Así permaneció por varios siglos, oculto, sepultada en la tierra de forma horizontal en el lecho de un arroyo hasta que un día asomó su cabeza.
Por siglos reposó en las laderas de la sierra, y era muy querida por los pobladores de la comunidad que la visitaban, le rendían culto y hasta hacían fiestas y bailes a su alrededor.
Por cierto, un tecomate es una pequeña jícara utilizada para beber agua, y los huecos que el monolito tiene en su rostro, son semejantes a esos recipientes, entonces, en época de lluvias estos huecos en la escultura se llenaban de agua y los habitantes de San Miguel Coatlinchán la bebían. Afirmaban que tenía ciertas propiedades mágicas y curativas. También la llamaban “la Señora de las Aguas” y en esas cavidades le colocaban maíz para favorecer sus cultivos.
No obstante, a pesar del apego que le tenían los pobladores, el monolito, que tenía un indudable valor, se deterioraba y los expertos necesitaban salvarlo.
Todavía existe cierta discusión, entre los arqueólogos y meso-americanistas: algunos dicen que no se trata del dios de la lluvia y las tormentas, sino que al llevar penacho, se trata de una deidad femenina; la diosa Chalchiuhtlicue, que rige sobre la fertilidad, los manantiales, arroyos y lagos.
Como sea, la historia que rodea a Tláloc, es una de las cosas que nos hacen sentirnos parte de algo, de una historia de una comunidad, como estos chicos que próximamente verán exhibidos sus réplicas del “dios de la lluvia” en el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario, que se encuentra ubicado sobre el kilómetro 14.3 de la carretera México-Texcoco, esquina con Manuel González, precisamente a la entrada de San Miguel Coatlinchán.


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