Ante frases “micromachistas”, lo que sí y lo que no

ACTUALIDAD 08 de marzo de 2021 Por Patricia Cervantes
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Marzo siempre se nos presenta como una grandiosa oportunidad para expresar un conato de reflexión en torno a las mujeres. ¿Pero desde qué ángulo, postura o perspectiva podría hacerlo? ¿Acerca de qué? ¿Sobre ser mujer y su significación, sobre el feminismo o la violencia de género? ¿Desde la tregua que me permite el cumplimiento de mi “trapo histórico” o desde mi asiento en la cabecera de una mesa, simbolismo anacrónico de la jefatura de una familia? ¿Desde mi hegemónico discurso docente o maternal? ¿O a partir de la vehemente defensa de lo que no admito como “celebración” por el Día Internacional de la Mujer?
     Y es que hay tantas maneras de abordar el asunto y todo lo que se escriba sin duda abona a la reflexión. Yo esta vez me quedaré con un oxímoron: lo que no necesito el 8 de marzo ni nunca, lo que prefiero. 
    No necesito que me feliciten ni me den regalos ese día; mejor respeto y trato equitativo permanentemente.
    No necesito “reconozcan” que las mujeres somos la perfecta creación de Dios porque parimos y nos distingue la dulzura y sumisión. Siempre pienso en la De Beauvoir recordándonos “no se nace mujer, se llega a serlo”.
    No necesito un discurso reivindicatorio del papel histórico que a las mujeres por años se les ha escatimado, del tipo “qué hubieran hecho esos hombres sin el apoyo de una mujer”. Cuidándole los hijos, cuidando de ellos mismos, de su casa, de sus bienes; en segundo plano, leo entre líneas.
    No necesito frases decididamente misóginas; “no lloren, no sean nenas”, “a las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas”, “se lo buscó por andar vestida así”, “estás algo nerviosa; seguro estás en tus días”, “los hombres son racionales y las mujeres emocionales”, “el feminismo es como el machismo, pero a la inversa”, “lo que te hace falta es un novio”; por citar solo algunos ejemplos.
    O declaraciones con las que no pocos hombres pretenden argumentar estar libres de ideas machistas: “detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”, “soy feminista, nunca he golpeado a una mujer ni mataría a ninguna”, “respeto mucho a la mujer porque tengo madre, hermanas, esposa, hijas”, “todas las mujeres son hermosas y delicadas, y al mismo tiempo fuertes: soportan el dolor de dar a luz y pueden realizar todas las labores de ama de casa; son maravillosas”; de antología… 
Ni expresiones “micromachistas” repetidas y (lo peor) asimiladas también por las mujeres como “qué suerte, tu marido te ayuda”, “los hombres y las mujeres no pueden ser amigos”, “las mujeres luchonas son admirables”, “aguanta, eres una guerrera”.
Creo que este hecho (el “micromachismo” de la mujer) me entristece. Mujeres, hermanas (apelo a la sororidad): cómo celebraría que no eduquemos en el machismo, que no reproduzcamos con nuestros alumnos o los jóvenes con quienes tratamos, menos aún con otras mujeres, tales arquetipos. Sería grandioso además (y por qué no propiciarlo), que los hombres cambien sus paradigmas; como dice Rita Segato, que destruyan su mandato de masculinidad.  Si el feminismo es esencialmente filosofía en tanto es un pensar en el ser, una conciencia de la especie, de esa “mitad del cielo” ignorada, y es al mismo tiempo política en la medida que cuestiona el poder más antiguo, estructural: el del hombre sobre la mujer, desearía no nos quedemos a la saga individualmente; antes bien, que filosofemos y hagamos política. Una masa inmensa de mujeres lo hace día con día, por qué dejar que solo nos bañen los bienes de sus luchas y logros. El feminismo está motivando históricos cambios antropológicos; debiéramos subirnos todas a la ola.
Admito mi molestia e indignación por una la celebración del Día Internacional de la Mujer de tipo festivo-comercial pues banaliza su origen y razón de ser; elijo celebrar los logros de todas las “olas feministas” y cada día vivir en congruencia con eso y por supuesto festejo siempre que desde mi adolescencia adquirí conciencia de mi ser mujer y me regocijo por estar ayudando a la formación de una pequeña feminista: mi hija.
Por supuesto anhelo, como La Rosa Roja, “un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.

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