De tomar plazas y estar requetebién

La conexión de las palabras y su significado se vuelve estrecha, en imágenes difusas cuando se pretende exaltar el arte de la guerra o la condición de optimismo supremo en los discursos políticos. Son verbalismo puro, sin contacto con la realidad. Vulgar adoctrinamiento.

CULTURA - Fueron los días de ayer 13 de febrero de 2023 Alex Sanciprián Alex Sanciprián
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El lenguaje nos determina y da fe de nuestra razón de ser. Estamos hechos de palabras y a través de ellas nos guiamos y se nos conoce.

El lenguaje es un acto cultural de social incumbencia. Transfiere hábitos, dudas y certezas, hallazgos.

Comunica pero también limita cuando la costumbre de su repetición se ejerce a golpe de frases hechas, concebidas en el trajín de una insolente vulgarización que tal vez parezca afortunado detalle de simpática ocurrencia.

El lenguaje es dinámico. Pertenece a todos. Nadie puede adjudicarse el derecho de uso. 

De lo vulgar a lo corriente corre también el difícil arte de su sencillez bien cimentada, sin ambages ni eufemismos.

El maestro Pedro Henríquez Ureña apuntaba, a propósito de “El problema del idioma” lo siguiente: “nos sobrecogen temores súbitos: queremos decir nuestra palabra antes de que nos sepulte no sabemos qué inminente diluvio”.

Hablar es comprender. Comprenderse es construirse a sí mismo y el mundo. Explicarse.

Dar con las palabras pertinentes es un modo certero de reconocerse y poder reinventarse. Dejar de avanzar a trompicones, de impropiedades. Ocasionalmente es menester dar muestras de dignidad al hablar y escribir con decoro, íntimamente fortalecidos en la dinámica de comunicar.

Es una falacia seguir pensando que lo genuino se dice o escribe o se dibuja o se muestra sin palabras. Mentira.

Las palabras son espíritu, no materia.

Quien habla o escribe a medias, con tropiezos, piensa y existe a medias.

En el estrépito de la banalidad lo común y lo corriente, lo insustancial, se advierte, a veces, como innegable evidencia de franca comunicación o de ingeniosa verdad. 

El lenguaje no admite la torpeza de su expresión cuando se le conoce bien y aún así se contribuye en la necesidad de mediatizarlo a la ordenanza de una ingrata simpleza que se quiere pareja, democrática, como si fuese ejemplo de libertad de expresión.

En ese sentido, persistir en el lenguaje hablado y el lenguaje figurado como estrategias políticas resulta de una insana redundancia.

La conexión de las palabras y su significado se vuelve estrecha, en imágenes difusas cuando se pretende exaltar el arte de la guerra o la condición de optimismo supremo en los discursos políticos. Son verbalismo puro, sin contacto con la realidad. Vulgar adoctrinamiento.
 

Ensalzar lo prosaico y robustecer la idiosincrasia de caducas batallas seguramente apena a los generales y a la auténtica gente de a pie también.

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