Umbra

* Daniela Orozco es egresada de Ingeniería en Sistemas Digitales y Comunicaciones por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) y estudia la licenciatura en Teología. Es autora del cuento "Aquí arriba, Abraham duele", publicado en la antología "Voces de arena y asfalto Vol. I", donde explora la palabra como espacio de reflexión y búsqueda.

CULTURA - Fueron los días de ayer06/01/2026 Daniela Orozco *
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Dicen que en la Isla Nocturna nadie recuerda haber visto el amanecer.  El cielo permanece suspendido en una oscuridad serena, como si alguien hubiera detenido el tiempo en el instante previo a la luz.
Los árboles crecen tan altos que parecen sostener el cielo y la neblina fluye como un río silencioso entre los troncos. En ese lugar todo parece hecho para extraviarse. Y, sin embargo, hay vida.
Allí solo habitan aves, criaturas de colores imposibles, plumas que brillan con un resplandor suave, casi mágico. Como si la noche hubiera aprendido a fabricar su propia luz para no sentirse tan sola.
Las hermanas de Umbra suelen cruzar el cielo con destellos de colores, y sus alas, al batir, derraman hilos de luz que se enredan con la niebla como si trazaran constelaciones nuevas. Suelen agruparse en pequeños montones de vida, y desde lejos parecen brasas errantes.
Y mientras ellas encienden el cielo, Umbra las sigue como una sombra.
—Déjenla —murmuraban— su vuelo no ilumina, pero tampoco estorba.
Dicen que todas las aves de la isla forman una sola familia, unidas por la misma noche que les dio alas. Y aunque comparten el mismo cielo, hay días en que Umbra siente que vuela en un borde que ellas ya no reconocen como parte de su hogar.
Las demás aves, acostumbradas a navegar por la penumbra guiándose por destellos, muchas veces la pierden de vista. Reconocen únicamente su voz, un trino tenue que parece pedir permiso para existir.
Umbra seguía con la mirada las estelas luminosas que dejaban sus hermanas al volar. Y cuando sus voces llenaban el bosque, dejaba escapar un suave canto que buscaba colarse en aquel coro que nunca la esperaba.
A veces, cuando el viento rozaba sus plumas, Umbra creía escuchar las risas de su infancia. Sus hermanas sacudiendo las alas, presumiendo su plumaje luminoso mientras ascendían en espirales orgullosas a lo más alto. Ella solo veía cómo el cielo se abría para ellas y los demás pájaros las seguían con miradas de asombro.
Su madre solía asentir hacia las hijas luminosas, sin girar la cabeza cuando Umbra movía suavemente las alas para llamar su atención. Su padre, siempre en la entrada del nido, solo murmuraba un “shhh”.
Con los años, Umbra dejó de abrir el pico. Guardaba sus preguntas y sus pequeños logros en el buche, como migas que nadie iba a extrañar.
Umbra creció y tuvo su propio nido, bajaba al suelo a recoger las plumas que sus hermanas dejaban caer o perdían en el vuelo. Las colocaba cuidadosamente en su lecho enramado, capa sobre capa.
A veces, al colocar Umbra una pluma morada, escuchaba la voz cansada de su hermana mayor.
—Mira, todavía puedo moverla un poco —decía, levantando el ala torcida apenas un palmo.
El gesto le arrancaba una sonrisa, pero el temblor del ala decía lo que ella nunca admitía.
Cada noche Umbra dormía envuelta en ese resplandor prestado. Y en el silencio de esas noches, mientras intentaba sentirse ligera, Umbra recordaba lo que siempre la había separado de ellas.
Sus hermanas podían volar, brillar y enterrar sus recuerdos, distraídas por la vida y las obligaciones de la isla, sin detenerse a sentir su propio dolor. Ella en cambio, recogía y lo hacía suyo.
Y en medio de ese ir y venir constante, Umbra empezaba a quedarse atrás.
Era apenas un cansancio extraño en sus alas, un retraso mínimo al emprender el vuelo. Los demás pensaron que había dormido mal, que la temporada fría la hacía torpe. Pero con los días, su aleteo se volvió más pesado, menos decidido.
Su canto también cambió. Pasó de ser claro y vibrante a un murmullo quebrado, como si cada nota le costará un pequeño esfuerzo.
Fue en esos días de voz quebrada que comenzó a agregar las plumas rosas a su nido, aquellas que le recordaban a su hermana menor escondida detrás del tronco grueso, afinando la garganta en susurros.
—No cantes tan quedito —le decía Umbra.
—Si canto fuerte, se ríen —respondía la pequeña, mirando el suelo como si allí estuviera su voz.
Un día el viento sopló fuerte, y Umbra intentó levantarse para unirse al resto, como siempre hacía. Abrió las alas, pero estas temblaron. Apenas pudo elevarse unos centímetros antes de caer de nuevo sobre su árbol. Lo intentó una y otra vez, hasta que simplemente bajó la cabeza.
Desde entonces, permaneció en su nido, envuelta en su colección de plumas.
El cansancio se hizo más profundo, un peso constante en los huesos del ala. Irónicamente, ahora que el cansancio mantenía a Umbra inmóvil, su plumaje parecía absorber los colores de las demás, y por un instante brillaba con ellos.
En sus noches intentando conciliar el sueño, admiraba las plumas verde esmeralda de su padre. Lo recordaba llegando al nido con las plumas erizadas y el aliento agitado.
—¿Cómo están? —preguntaba, sin esperar respuesta. Dejaba unas ramitas y ya se preparaba para irse.
—Papá… —decía Umbra, apenas levantando la vista.
Él se detenía un instante. Solo un instante. Los miraba con una suavidad que parecía pedir disculpas sin palabras. Pero en cuanto Umbra daba un paso hacia él, él ya saltaba a otra rama.
—Luego platicamos —prometía siempre.
Ese “Luego” era Nunca.
Para soportar la pesadez de las plumas luminosas, Umbra comenzó a tejer una manta con sus plumas más atesoradas, pensando en el día en que tuviera sus propios polluelos, imaginando que quizá los protegería del frío de la isla. Se aferraba a esa tarea con un optimismo frágil.
Pero fuera de su nido, sus hermanas creían que era cuestión de tiempo para que finalmente Umbra partiera.
Sin embargo, la isla tenía un modo extraño de decir la verdad.
Aquella noche mientras el viento soplaba, Umbra sintió que algo debajo de ella cedía. No fue un estruendo, ni un crujido violento. Apenas un quejido leve, como un suspiro contenido durante demasiado tiempo.
La rama que sostenía su nido se inclinó primero con timidez, luego cayó.  Todo aquello que Umbra había guardado en silencio se desplomó con ella.
El árbol, cansado de sostener lo que nadie nombraba, simplemente cedió.
Cerca, el acontecimiento fue simple y silencioso. Umbra se hundió en el vacío, y al hacerlo, la agitación del aire desprendió y agitó todas las plumas que había coleccionado durante una vida.
Por un instante, su cuerpo en caída quedó envuelto, oculto, en un remolino de destellos morados, rosas y verdes. Desde cierto ángulo, la rodeaba una luz que casi la devoraba por completo.
Lejos, en las ramas altas, la visión era otra.
—¡Miren! —trinó una hermana.
Un estallido de colores había irrumpido en la penumbra, ascendiendo en un torbellino glorioso desde la copa de un árbol. Sus hermanas elevaron el canto, seguras de que Umbra, por fin, iniciaba el gran vuelo que merecía. El padre detuvo su carrera y contempló, con un alivio profundo, el brillo que siempre había esperado ver. La madre, en el nido original, asintió con una calma definitiva. Al fin.
Nadie vio el cuerpo inerte que descendía. Sólo la estela.
Nadie oyó el impacto, solo el festejo.
Umbra sucumbió a aquello que atesoró demasiado tiempo, un peso al que llamó amor.
Y en su último destello, se volvió parte de la noche que siempre la había observado.

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