Rubem Fonseca o la orfandad de nosotros los lectores

CULTURA 17 de abril de 2020 Por René Aguilar Díaz
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Suele decirse que la realidad supera a la ficción, en cuanto que la crueldad, la violencia, lo más vil de la condición humana, por ejemplo, plasmada en cuentos, novelas o películas, se queda corta; sin embargo, hay escritores que se alimentan y llevan las vivencias a un nivel literario terriblemente abrumador; en el caso de los cineastas con una estética visual apabullante.


Era el caso del maestro brasileño Rubem Fonseca. E iba un poco más allá; no solamente nos apabulla con la violencia de algunos de sus personajes, sino que subraya, pone la lupa en la llaga y la exprime con el habilidoso dedo narrativo, en cosas que sabemos que pasan, o intuimos que pasan, pero que no muchos se atreven a escribir. 


Fonseca no es el único autor que aborda el asunto, pero al parecer era un tema muy acendrado en él, y le daba ribetes filosóficos. En la novela “Grandes emociones y pensamientos imperfectos”, se da el siguiente diálogo entre una mujer y un hombre:
 

―Antes de que nos dejemos de hablar, pues hacia allá vamos, ¿no?, me gustaría decirte qué es el cine para mí ―dijo Veronika.
―Di.
Veronika vaciló, armando su discurso.
―Artaud decía que si el teatro quisiera encontrar su >>raison d´étre<< necesitaba darnos todo lo que encontramos en el crimen, el amor, la locura.
―Sófocles y Shakespeare no crearon otra cosa que locos, criminales y apasionados ―dije.
―¿Puedo terminar? ―dijo Veronika.
La puta que la parió, como diría Vitiagaichenko. Procuré controlarme.
―El cine ―continuó Veronika― ha mostrado guerras, crímenes, demencias, catástrofes, niños prodigio, animales y monstruos también prodigiosos, sexo platónico y explícito, misticismo, todo lo que cabe imaginar. Pero de manera sólo superficial y distorsionada, apenas para hacerlo digerible para las masas pasivas que consumen televisión con voracidad distraída, al mismo tiempo que platican, comen y beben, van a al excusado o se entregan a siestas más o menos profundas. Son pocos los espectadores que realmente piensan. El cine, lamentablemente, tiene que ser hecho para gente así.

 
Fonseca se caracterizó por abordar a menudo la realidad desde la óptica del relato negro o policiaco, tal vez como resultado de su paso por la policía brasileña: después de graduarse como abogado, ingreso como inspector de policía, aunque se dice que no “hizo la calle” casi nunca y se dedicó en determinado momento a las relaciones públicas en la corporación policial. Hay cuentos y novelas estupendos en los que el humor negro, ácido a veces, apenas balsamiza la violencia a la que Fonseca recurre, no como una morbosidad enfermiza y sí en cambio como un recurso de observación crítica al comportamiento del lado enfermo de la sociedad.


Rubem Fonseca no sólo abordó el género negro o policiaco; podemos leer novelas espléndidas como la citada líneas arriba, o la estupenda “El salvaje de la ópera”, una especie de novela combinada con relato biográfico, que pinta la vida y la obra de Antonio Carlos Gomes, músico atormentado y favorito del emperador en la segunda mitad del XIX brasileño.


También están un montón de cuentos, género en el que fue prolífico. Hay un libro que en especial me gustaría recomendar: “Ella y otras mujeres”.


Por si faltaran noticias malas y tristes en un mundo de tiempos angustiados, Rubem Fonseca dijo adiós a causa de un infarto. Murió ayer miércoles 15 de abril de 2020, a la edad de 94 y poco antes de su cumpleaños, y su deceso contribuye, como dice un estimado amigo, a la orfandad cada vez más creciente en la que quedamos los lectores de varias generaciones.

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