Sí celebrar el Día de la Libertad de Expresión; el lenguaje es nuestra propia casa

Hoy siete de junio se recuerda el trabajo de los periodistas. La propuesta es reivindicar el lenguaje, las palabras, y desterrar la cultura de la quejumbre.
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Hace unos días, el viernes pasado en honor a la precisión y fue en el Parque del Ahuehuete, estuve en el evento cultural que organiza el Ayuntamiento de Texcoco los fines de semana.

Ahí, me encantó que al final del mismo regalaran libros a los asistentes. Yo escogí “Más Revueltas. Cinco aproximaciones a la vida de Pepe”. Los autores son Humberto Musacchio, Francisco Mejía Madrid, Saúl Escobar, Francisco González y Armando Bartra.

Como ustedes saben los dos primeros ejercen el periodismo, los dos siguientes son profesores universitarios y de Bartra habrá que recordarlo también como maestro universitario de altos vuelos y articulista. Es decir, todos ellos honran el lenguaje.

Y de José Revueltas, más allá de su genuina militancia izquierdista, debemos regresar a él por sus libros. Quién no recuerda “Los muros de agua”, “El apando”, “Los motivos de Caín” o su novela “El luto humano”, entre otros.

Hoy siete de junio, Día de la Libertad de Expresión, me encuentro aquí con amistades de años que por razones multifactoriales coincidimos en el trajín de hacer periodismo desde el oriente mexiquense.

Sin embargo, dicen o repiten y afirman que no hay nada que celebrar. 

¿En serio, piensan que hacer periodismo en México es cosa inútil? 

Lamentablemente, sí hay varias y varios, (para no perder el toque del lenguaje inclusivo que particularmente considero es, en efecto, inútil) que prefieren engrosar la fila de la cultura de la quejumbre.

Sostengo que sí hay mucho que celebrar hoy siete de junio, más allá de la veneración de quienes han ejercido el periodismo regional y han muerto en el intento, es el tiempo de reivindicar el lenguaje, las palabras, los géneros periodísticos y convertirnos en forjadores de un periodismo decoroso, solvente, bien escrito, de narrativa fluida más allá de la frase hecha.

Dejémonos de pedir capacitación en el gremio. Cada quien es responsable de su galano arte de leer y escribir. Sigamos la ruta que ha trazado, tiempo atrás, Guadalupe Amor, mediante sus creaciones, como por ejemplo en su libro de glamoroso y significativo título “ Yo soy mi casa”, un libro escrito con desenfado y rebeldía, construido con armonioso desorden.

Que quién es Guadalupe Amor. Es asunto de recordar lo que dijo de ella, en su momento, otro gran prosista verbal y de la palabra escrita como Juan José Arreola: ““Era un ciclón, un meteoro… un aguacero resplandeciente con rayos y centellas y todo. Parecía una aparición, un fenómeno, una fuerza de la naturaleza en figura de mujer”.

Hoy siete de junio, es ocasión propicia para repetir: “en México hacer periodismo es un quehacer de alto riesgo”. 

Dejemos la cultura de la quejumbre.

¿Quién ordena ejecutar periodistas? 

Esa interrogante también se repite. Y no pocos responden: “los periodistas son un peligro para los narcopolíticos. Nos matan para silenciarnos”, advierten.

¿Quién se acuerda de los primeros periodistas y que luego de regresar a ellos transforman nuestro modo de ejercer el periodismo?

Honremos el lenguaje e intentemos devolverle a las palabras su sentido original, a través del periodismo que ejercemos día a día.

Celebremos el Día de la Libertad de Expresión. 

Hubo un tiempo en que la página editorial del Excélsior confluían las plumas de Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Froylan López Narváez, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero. 

Ahora mismo es posible regresar a ellos con la magia del internet. 

Ahora mismo leamos como entrevistaban y escribían Elena Poniatowska, Cristina Pacheco, más allá de sus libros. 

No dejemos de tomarle el pulso al maestro Juan José Arreola, Ángeles Mastretta, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, por citar algunos.

Que no queden en vano las enseñanzas de Tom Wolf, Renato Leduc, y Ernesto Hemingway para revalidar el nuevo periodismo.

El lenguaje como el tiempo somos nosotros mismos.

“Yo soy mi casa”. Estamos hechos de palabras. Bauticemos al mundo, decorosamente, a través del lenguaje, la casa del ser.

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