
La epidemia sigilosa (que nos llevará al desfiladero)



Existen epidemias que se mueven de una forma muy sutil y sigilosa como es el caso de la diabetes. Este padecimiento se va contagiando a través de los hábitos que vamos adquiriendo, en su mayoría, durante nuestra infancia. Con certeza y sin errar, todos estamos en contacto de forma directa e indirecta con esta enfermedad, incluso, ya se “normalizado”. Y me refiero con normalizado al fenómeno de aceptación e integración de un evento a la sociedad, el cual, en apariencia, no presenta ninguna repercusión negativa. ¡Qué mentira tan más cruel nos estamos diciendo!
Imagina que estás caminando de forma recta hacia un acantilado, en donde el único destino seguro es la muerte. Ves a un médico a lo lejos que grita: ¡Si caminas morirás! Volteas a verlo pero das por hecho que no te habla a ti, aún estás lejos de la orilla, no pasa nada. Sigues caminando a tu ritmo, tranquilo, pero directo al precipicio. ¡Detente! ¡No camines más! ¡Te vas a morir! Volteas hacia el otro lado y ves a tus familiares que también te gritan. De lo que no te has percatado, es que llevas contigo una cuerda atada a tu cintura donde también los atas a ellos. Si continúas la cuerda se tensará y caerán contigo.
Cuando los médicos diagnosticamos a un paciente con Diabetes Mellitus tipo 2, éste paciente ya tiene la enfermedad por lo menos durante 10 años y el tiempo vale oro. El verdadero valor de la detección de cualquier enfermedad es saber cuánto tiempo se ha desarrollado esa enfermedad para con ello, poder revertirla.
La mayor causa de la diabetes es el estilo de vida alimenticio y eso también se contagia; en otras palabras, se hereda desde la gestación. ¿Cómo esperamos tener resultados diferentes, si estamos haciendo exactamente lo mismo? Acostumbrados a comer los mismos alimentos, en la misma cantidad, con la misma frecuencia durante 30 años reflejados en sobrepeso y obesidad y exacerbados por el sedentarismo, queremos estar sanos en tres meses. Acudimos al médico con la buena intención de mejorar e iniciamos el tratamiento adecuado pero seguimos con el mismo estilo de vida. Seis meses después volvemos a nuestra cita de revisión: el médico sube la dosis porque aún no se logra normalizar los niveles de azúcar. Regresamos a casa y seguimos con los mismos hábitos. Viene entonces la frustración y el enojo, y queremos buscar culpables. “¡El médico no es bueno!”, “¡La medicina no hace efecto!”, “¡En casa no puedo comer bien!”. Esos son algunos de los personajes más culpados.
Los procesos y los cambios son lentos y qué mejor si estos son originarios desde la raíz. Retomando la metáfora que te conté en el párrafo anterior, nadie tiene el poder de decisión más que tú. Tú decides si continuas caminando directo al desfiladero sin olvidar que la decisión traerá repercusiones para tu familia. Vienen gastos muy altos por las terapias con hemodiálisis, curaciones por pie diabético, gastos de medicinas, citas y trasporte. Además está la limitación de no poder ser independiente al requerir amputación del pie, o de la ceguera que sobreviene y tener que andar con muletas o bastón. ¿Qué saldrá más barato?
Propongo un modelo social: en donde exista una persona con diabetes deberíamos existir dos o más de forma figurada. Si la persona con la enfermedad tiene que ajustar sus alimentos, también lo hagan los demás. Un ejercicio de empatía y trabajo en equipo porque todos, en menor o mayor medida caminan juntos.
Los mexicanos cada vez más prefieren alimentos procesados; somos el cuarto país con mayor consumo y ya está demostrado que la comida saludable NO cuesta más. No ignoremos los consejos de los expertos, no neguemos que no está pasando nada, no demos por hecho que somos sanos. Decidamos con responsabilidad y consciencia. Acerquémonos a nuestro médico de cabecera, escuchemos sus consejos.
Queridos pacientes y personas que están leyendo esto, como médico mi objetivo no es “regañarlos” por intentar mejorar cada vez que vengan a consulta; al contrario, mi objetivo es motivarlos a continuar y mejorar por el bien de su salud.
* Ana García (Guanajuato, 1991). Es egresada de la Escuela Superior de Medicina del IPN. Tras su experiencia en el hospital, decidió seguir preparándose para abordar de mejor manera su objetivo: mejorar la salud de las personas. Ha tomado cursos emitidos por la Universidad de Harvard, la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).
Tiene un diplomado en Epidemiología y Salud Pública y una maestría en Gestión en Servicios de Salud.


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