Algo sobre Daniel Sada

Daniel Sada leía poemas o los decía de memoria con una dote actoral envidiable. Dejaba atónitos a propios y extraños. Y después decía un apunte circunstancial y soltaba una estampida de sonrisas afables, de esas que te hacen sentir que vale la pena compartir la dicha de vivir.
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De Daniel Sada recuerdo su franca sonrisa, con esa tonalidad infantil, espasmódica, sinceramente abierta y gentil. 

Lo conocí en las andanzas de los talleres literarios. Era un maestro que íntimamente compartía el gozo de la palabra, de sus múltiples combinatorias y el hallazgo verbal convertido en imagen, en instantánea del día a día.

Daniel Sada era un año más grande que yo. Nació en Mexicali, Baja California en 1953.

Tenía la gracia de saberes múltiples y para nada se ufanaba de su creciente sabiduría. 

Nunca se creyó esa etiqueta de maestro de las letras. Más bien se pitorreaba, hacia escarnio de sí mismo con ese estilo norteño cercano al modo de Eulalio González, El Piporro. Se sabía sus canciones y de repente soltaba algunas líneas en el medio de una conversación ligeramente seria.

Nos hicimos amigos cercanos durante una temporada que trabajamos juntos en Proyectos Especiales del periódico Novedades, en la Ciudad de México. Nuestra jefa era la bella Andrea Montiel. Siempre nos tuvo agradecible consideración por ser amantes de las letras. Ella también lo era y lo es. Ahora magnífica maestra y autora de impecables poemarios.

Daniel Sada leía poemas o los decía de memoria con una dote actoral envidiable. Dejaba atónitos a propios y extraños. Y después decía un apunte circunstancial y soltaba una estampida de sonrisas afables, de esas que te hacen sentir que vale la pena compartir la dicha de vivir.

Nuestros encuentros con cofrades eran de ilimitada duración.

En esa temporada del Novedades una tarde me dijo. “Tengo un libro que siento que puede convertirse en ganador del Premio Villaurrutia. Y necesito afinarlo, pulirlo, sacarle brillo pues. Hazle corrección de estilo”. Y lo hice. Y en efecto ganó el Premio Villaurrutia en 1992.

Con el monto financiero del premio tomó una rotunda decisión. Convertirse en escritor de tiempo completo. Rentó un cuarto de hotel cerca de San Carlos, en la colonia Tabacalera, y luego de ciertas negociaciones aminoró su estancia en el periódico. Se dedicó con ahínco a escribir más novelas y poemarios. Compartí con él algunas andanzas en restaurantes, bares y caminatas vespertinas y nocturnas.

La vida nos juntó y de repente sucedió que tomamos otros andurriales. No nos veíamos tan seguido pero sabíamos uno del otro.

La wikipedia dice cosas lindas y trágicas que en efecto le tocó protagonizar:

“Su obra ha sido calificada como barroca y tragicómica. Juan Villoro afirmó que Sada renovó la novela mexicana con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Y, de acuerdo con el chileno Roberto Bolaño: «Daniel Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la obra de Lezama, aunque el barroco de Lezama, como sabemos, tiene la escenografía del trópico, que se presta bastante bien a un ejercicio barroco, y el barroco de Sada sucede en el desierto». En palabras del crítico literario Christopher Domínguez Michael, Daniel Sada es «dueño de una prosa que lo vuelve el más inconfundible de los narradores de la lengua».[3] En noviembre de 2008 ganó el Premio Herralde de Novela por Casi nunca.

Daniel Sada falleció el 18 de noviembre de 2011 en la Ciudad de México, víctima de una deficiencia renal, consecuencia de la diabetes. Horas antes se había anunciado que le fue conferido el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011 en la categoría Lingüística y Literatura.[4] Sada no pudo ser notificado, pues se encontraba sedado en el momento en que el anuncio se hizo público”.

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