Oficina Bonita

Mujeres que pisan fuerte. 26 de noviembre de 2020 Por Yijhan Ahmed
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Para llegar a ella debes contar más de mil pasos, en línea recta, hacia arriba y hacia abajo, izquierda y derecha.

Llegar al otro lado de una enorme puerta de metal custodiada por un guardián con un sombrero alto y negro.

Atravesar un pasillo enorme con techo cambiante, a veces azul, naranja o negro con brillantes puntos, puede quemar o refrescar al punto de hacer a los caminantes correr para buscar refugio.

En algún espacio del pasillo hay pequeños mares de agua dulce con vida danzante, naranja, dorada, rojiza y blanca, al fondo verde por todas partes y en las orillas colchones suaves color violeta.

Hay recintos desiguales abiertos, cerrados, con cristal y cortinas de viento, luces y total oscuridad, sonido, calma, silencio total. 

El espacio se reduce a cuatro lados iguales, arriba y abajo solo hay pasos invisibles y reflejos de los mismos en espejo, de lado a lado se sonríen los anunciantes, letras gritan las próximas apariciones de los artistas. A un costado un nuevo recinto sube constante en espiral, tapizado de planos coloreados, texturas, esculturas, objetos y utensilios de distintas épocas.

Los cuatro lados se abren a sus anchas en un nuevo espacio de árboles, aves y luz. Al fondo se levanta una larga pared arenisca con tres pequeños accesos rectangulares que invitan a descubrir el otro lado; los tres son de aspecto gemelo, como recepcionistas que ofrecen té, café o agua a sus invitados.

Los reducidos rectángulos obsequian la facilidad de ahorrarse la caminata y economizar pasos a través de un metal moldeado que transporta a los niveles de la última estancia. Si por el contrario, caminante, el medidor de pasos aún parece infinito, puedes elegir recorrer sus espacios planos, con cristales de oscura tela acabada la función; o con pinturas vivientes que caminan sobre acordes de alguna canción.

Algunas miradas internas se sobresaltan atentas en un recuadro oscuro con emoción a la pantalla, notas musicales y disfraces curveados llenan los pasillos.

Inclinados pasadizos ascendentes dirigen a un nuevo lugar con cubos transparentes, unos más grandes, otros pequeños. Todos ellos cuentan con una mesita, asientos confortables y un ordenador para hacer equitativos los espacios. En cada uno sus residentes temporales ponen una pizca de sus almas y los hacen diferir entre sí. Se vuelven reconocibles, a su manera únicos.

 Casi al fondo, allí, en una esquina, la oficina bonita abre la puerta sonriente, con ventanas transparentes que difieren en tamaño, tiene otras en los muros con destino al mundo maravilloso de la mano de una curiosa jovencita, coloridos trazos materializados por un artista de aspecto desalineado, por primera vez vistos nacer en la basta imaginación del señor Lewis. También hay otro de figuras óseas, un vestido, un traje charro, maguey, guitarra y luna, negros, grises y blancos; de un artista mexicano que habla fuerte en los murales. Hay un guiño picaresco de un patriota; chusco compadre, hablaba bien el latín y no era nada patán.

Lo más bonito de ella está sobre la silla, una caja un poco grande, con dos cristales redonditos y tapa suave. Dentro de ella un niño periodista, escritor, músico y literato, con enormes ojos caoba, le gustan los alebrijes, las décimas y los versos, también las pláticas largas, la bohemia y el festín; mejor combinado con arte.

Por las tardes sin importar la zona horaria, sueña en espacios muy abiertos, en las dunas sin desierto disfruta todos los días y no le gusta sufrir.

Si con éxito logras encontrar ese mágico lugar, detente un momento, intenta abrir esa caja, que te cuente sus secretos y te llene de emoción, que le ponga filo a tus sueños y pula tus palabras, que le pinte una línea más a tus postales, que te reordene las ideas.

Qué lugar extraordinario es la oficina bonita.

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